"A finales del 2006, un barco lleno de desechos tóxicos, de Amianto específicamente, estuvo esperando varios días en Rótterdam sin permiso de descargar. Finalmente, fueron a descargarlo en el Congo. En 1854 supuestamente se abolió la esclavitud, sin embargo hoy en día se arrojan desperdicios en África sin problemas. Ese es el racismo ambiental."
La historia reciente de la demanda de la Deuda Ecológica tiende sus raíces hacia 1999, cuando se venía fortaleciendo una campaña para la celebración del Jubileo. Esta campaña de Jubileo era el fruto de la lucha contra la deuda externa que agobia los países y les impide su independencia; era el resultado de varios años de denuncia sobre este flagelo que desangra las economías de los países periféricos y saquea su patrimonio ambiental. El Jubileo es resultado de la lucha social.
Para el año 2000, una gran campaña internacional se levantó con el impulso, sobre todo, de grupos de las iglesias en el Norte que exigían la condonación, o el perdón de las deudas externas a los países del Tercer Mundo. Para ello hicieron contactos con organizaciones del Sur, sobre todo de Derechos Humanos, constituyéndolas en contrapartes de la campaña en los países endeudados.
Es en el seno de este proceso donde se vitaliza una corriente que no sólo exige la condonación de la deuda externa, sino también el reconocimiento de ella como una deuda ilegítima e inhumana, que ya ha sido pagada. Los grupos ambientalistas a su vez introducen con ahínco la demanda por el reconocimiento y resarcimiento de la Deuda Ecológica -concepto que había sido acuñado en los años setenta en Latinoamérica -.
Muchas de estas deudas son "deudas odiosas", algunas contraídas durante períodos de dictatoriales y otras dilapidadas por la corrupción con la complacencia de las entidades prestamistas, con lo que no se explica por qué los pueblos deben cargar el fardo de tener que pagar estas deudas cuyos beneficios nunca les llegó. Con la iniciativa del Jubileo se conformó una coalición de organizaciones del Sur que se llama Jubileo Sur, que ha demandado la anulación incondicional de la deuda externa. Hasta ahora no se ha solucionado el problema, lo que sí se ha logrado es, de una parte, que desde el Banco Mundial y el FMI salgan algunas iniciativas de reducción de deudas de los países más endeudados y de otra mostrar la ilegitimidad de esta deuda y de las orientaciones de las entidades prestamistas y usureras. Sin embargo, a partir de las evaluaciones efectuadas en Bolivia, en otros países de Centro América, y en Haití, puede decirse que la reducción mínima de la deuda ha sido mínima y más bien ha servido para inducir condiciones a estas economías que las llevan a profundizar el modelo neoliberal. El capital, en estas encrucijadas, siempre busca una vía de salida a su favor.
El uso de categorías como Deuda Ecológica es fruto también de la necesidad de resemantizar nuestras luchas. Adviértase que es indispensable trasformar y compartir los lenguajes de los procesos de resistencia. Especialmente para nosotros en América Latina es una tarea impostergable luchar contra la hegemonía del discurso multiculturalista, neoliberal y globalizante. Nuestro lenguaje común está poniendo énfasis en ciertos aspectos de la lucha social: la descolonización del pensamiento, la justicia ambiental, la deuda ecológica, el intercambio ecológico desigual, el racismo ambiental, la justicia ambiental, la justicia climática, la construcción de sociedades sustentables, las soberanías de los pueblos, la profundización y radicalización de la democracia, la resacralización de la Pachamama, etc. No es imposible que por ejemplo sustituyamos el concepto de recursos naturales por el de Pachamama, como categoría teórica. ¿Acaso los activistas sociales no podemos crear nuestro propio lenguaje que identifique e interprete mejor nuestros procesos?
Por supuesto, las palabras no son lo mismo que los hechos, pues siempre los hechos son más que los textos; si los textos fuesen del tamaño de los hechos, tendríamos que hacer historias que duraran tanto como los hechos mismos. Ahora bien, reconociendo el límite de las palabras, no debemos dejar de señalar que en el espacio de los discursos hay una disputa fundamental. Así como el lenguaje puede constituirse en una estrategia de dominación no violenta, puede también constituirse en herramienta de las estrategias de liberación de los pueblos. Por ejemplo, una victoria importante ha sido que la FAO reconozca la Soberanía Alimentaria como un derecho. Por eso es fundamental que nuestro discurso tenga una perspectiva clara y crítica.
Hay que especificar que este lenguaje común no es un discurso que se oriente a criticar los impactos del sistema, como en el caso del cambio climático no se reduce a criticar los efectos ni a buscar medidas de adaptación, sino que es una crítica radical al sistema mismo, que es el que genera los impactos. Aquí de lo que se trata es de hacer una crítica al sistema en su conjunto, es decir, a sus relaciones sociales y productivas. Es ahí donde dirigimos los alcances de nuestras luchas y ello debe ser claro para poder identificar bien el horizonte de nuestras esperanzas y nuestras utopías.
Ahora bien, frente a unos movimientos sociales constreñidos por la violencia y por la estrechez de estrategias, en el caso Colombiano posicionar conceptos como el de deuda ecológica no ha sido una tarea fácil. Menos fácil resulta hacerlo en el seno de la academia, abyecta en buena medida por enfoques enmohecidos, imitativos, y no en pocas ocasiones subordinados por el poder económico, burocrático y militar. Durante varios años se ha buscado implantar la idea de asumir colectivamente la lucha contra la Deuda Externa y por la Deuda Ecológica; y durante los últimos tres años, con la campaña "En Deuda con los Derechos", de manera perseverante, mediante actividades pedagógicas, se ha do que las organizaciones sociales incorporen en sus demandas los aspectos relacionados con la Deuda Ecológica, tanto pública como privada.
La deuda ecológica surge de la transgresión de los límites de resiliencia de los ecosistemas. Al referirnos al reconocimiento de la Deuda Ecológica, partimos de la certeza de que todo sistema económico tiene límites físicos reales en su interacción con los ecosistemas; pero, lamentablemente, la economía clásica y neoclásica no los reconoce. Estos límites físicos se expresan en la primera y segunda leyes de la termodinámica, que afirman que la energía que se disipa tiene una menor calidad termodinámica que la energía libre que proviene del sol, alguna de la cual está almacenada en el subsuelo en forma de combustibles fósiles. Sin embargo, el reconocimiento de estas leyes naturales no sirve de nada si en concordancia con ellas no se adoptan unos límites sustentables a los sistemas sociales y se enfrenta la acumulación económica. Ahora bien, la deuda ecológica se produce en los procesos de intercambio ecológico desigual. Es fácil determinar que desde los países del sur del planeta fluyen materiales, trabajo humano y energía que sostienen los niveles de vida de las sociedades del Norte, y que además permiten los extraordinarios e inhumanos procesos de acumulación en manos de las corporaciones transnacionales. Doscientos treinta ricos manejan y concentran la economía mundial. Por ello no es difícil pensar que el concepto de "clase social" pueda servirnos para identificar claramente estos grupos que en todas las sociedades concentran los beneficios de la economía, se apropian de la política y de las máquinas burocráticas del estado y de las instituciones multilaterales.
El saqueo consiste en una inmensa transferencia de valores, de bienes, de recursos y divisas desde el Sur hacia el Norte, y está apuntalado por industria extractivistas, por estructuras financieras especulativas, por organismos internacionales como el Banco Mundial que juegan un papel estratégico en la estructuración política e ideológica del modelo de desarrollo colonizado que el Norte impone al Sur.
Tipos de deuda ecológica.
En el 2004, la Ghent University presentó un balance de la deuda ecológica de Belgica, particularmente con el Congo. Este balance muestra una sistematización importante de los procesos históricos de surgimiento de la Deuda Ecológica . Allí se propone una "definición de trabajo" sobre de la Deuda Ecológica que tienen los países desarrollados con los países en los que sus procesos de colonización y extracción de recursos han ocasionado pérdidas, muchas de ellas, irreparables: "La deuda ecológica de un país A consiste en: el daño ecológico causado en el tiempo por el país A en otros países o en un área bajo jurisdicción de otro país, a través de los patrones de producción y consumo y/o el daño ecológico causado en el tiempo por el país a los ecosistemas mas allá de su jurisdicción nacional a través de sus patrones de producción y consumo, y/o la explotación o el uso de ecosistemas o bienes y servicios de ecosistemas en el tiempo por el país a expensas de los derechos de equidad de esos ecosistemas, o bienes y servicios de esos ecosistemas para otros países o individuos." Esta definición de Deuda Ecológica, a mi modo de ver, es deficiente, pues sólo reconoce el impacto económico y físico que ha originado la actividad económica del país deudor, sin penetrar en los impactos que tuvieron estos procesos agresivos de colonización en el orden social y cultural de los territorios afectados.
Pero sin duda, la cuantificación en definitiva y tenemos que profundizar en ella para convertirla en herramienta para que los derechos de las víctimas sean reconocidos, para que las víctimas y los países victimizados sean resarcidos e indemnizados por los daños socio-ambientales que se les ha ocasionado, y para obligar a revertir ese flujo inicuo y desigual de bienes y trabajo humano que crea las abismales desigualdades entre desposeídos y elites y países que acaparan las riquezas y el bienestar. Estudios provenientes del mundo académico que analizan el flujo de materiales, hacen más comprensible la cuestión de la Deuda Ecológica. Incluso, hay algunos cálculos aproximativos para estimar la deuda de carbono que los países industrializados tienen por haber contaminado la atmósfera, un bien común, que nos sirven de referente para las reclamaciones de justicia climática. Así, por ejemplo, en el caso de Bélgica, cuyo bienestar acumulado se debe en gran parte a su relación colonial con el Congo, basándose en la cantidad de energía fósil que se introdujo en ese país colonialista en el período entre 1830 al 2000 se han estimado sus emisiones de CO2 a la atmósfera. Entre 1900 y 2000, Belgica emitió a la atmósfera común aproximadamente 5x109 toneladas de CO2, por lo que su deuda es con el planeta, y especialmente con aquellos países, africanos sobre todo, de los que obtuvieron esa energía. Si se hiciera un cálculo valorando en 10 Euros la tonelada de CO2, es decir considerando el precio más bajo de los bonos de carbono en el mercado europeo, Bélgica tendría que cancelar por esa deuda de CO2 aproximadamente 50 Billones de Euros. Cálculos como este pueden servir para dibujar la dimensión de esas responsabilidades.
En otro ámbito, algunas organizaciones ambientalistas y activistas de los derechos humanos han venido trabajando hace varios años para demostrar las relaciones que existen entre el monopolio del negocio de los hidrocarburos y deuda externa e interna de los países. En el año 2006 se creó la coalición Oil Debt que busca visibilizar la coyuntura de los precios altos del petroleo y la crisis del pick oil, que parece reeditar la crisis de los años 70´s. La situación es dramática para los países carentes de recursos energéticos fósiles que deben endeudarse para comprarlos a altísimos precios. Miembros de esta coalición, en el año 2000, levantaron campañas para que el Banco Mundial hiciera una evaluación general sobre su industria extractiva de combustibles fósiles. Luego de que se hizo la medición, se recomendó a los directores del Banco parar el financiamiento a la industria extractiva de hidrocarburos y de carbón en el mundo. Por supuesto, la evaluación y las recomendaciones las guardaron, pues no les interesaba en absoluto.
Otro asunto importante por analizar es el discurso que nos venden: "Para que haya desarrollo tiene que haber inversión", nos dicen. ¿Pero de dónde viene la inversión? Pues una de dos, o del ahorro o de la inversión extranjera. Pero como nuestros países no tienen capacidad de ahorro para traer ese "desarrollo", tenemos que recurrir a la inversión extranjera. Pero lo que no se revela es que tal inversión extranjera se orienta a la compra y privatización de los bienes públicos, como sucedió en los años 80 y aún sigue cediendo en Colombia: se remata el ahorro público representado en las empresas estatales, sin que tal inversión signifique nuevos activos de capital. La tendencia es más bien fortalecer la economía extractivista, explotar espacios que antes no habían sido topados, por ejemplo, la selva del Chocó, la selva amazónica, las praderas de la llanura de la Orinoquia, las grandes praderas del Caribe colombiano, las praderas marítimas del Caribe, etc. Por cualesquiera de estas vías, con la mayoría de las riquezas producidas se quedan las corporaciones transnacionales y sus socios locales, y el resto se gasta en el servicio de la deuda, que en el caso colombiano, se la ha convertido en deuda interna mediante algunos artificios económicos.
Imponer este modelo implica el uso o la amenaza de uso de la fuerza militar. Sin adentrarse mucho, no sería difícil entender que las deudas pública y ecológica están ligadas a la imposición coercitiva de reglas en las relaciones entre países y al interior de los mismos, que se acompasa con despliegues militares y acciones de guerra y generan procesos de violencia que se encarnizan en la miseria de los países del sur. Las gentes son tratadas como cosas, como objetos, y en la práctica, no pocas veces, como desechos. Las guerras hacen de las gentes objetos y sus vidas resultan desechables. Las guerras comparten la misma racionalidad que permite la práctica criminal de apropiarse unilateralmente de los bienes comunes y destruir las condiciones de vida de las sociedades y ecosistemas: a las gentes y los ecosistemas se les enferma y se les mata. No hay duda por ejemplo que la violación de los derechos humanos y el desplazamiento forzado, en Colombia, está en relación con el saqueo ambiental, de la minería, por ejemplo, como lo muestran los mapas de la guerra, donde las regiones mineras son las que ha su vez presentan el mayor grado de desplazamiento forzado. No parece ser distinta la situación colombiana de la que viven otros países de la región.
Por estas razones el movimiento de lucha por el reconocimiento de la deuda ecológica no puede ser ajeno a la lucha por la paz y por enfrentar las crisis humanitarias, como es el caso colombiano. Este es el motivo por el cual hay que ligar la deuda ecológica con la lucha por la Paz. Es necesario articular los movimientos sociales de la región para que la guerra no se expanda a través de las fronteras, como parece estar sucediendo en América Latina. El Plan Colombia, el Plan Puebla Panamá, la utilización de países centroamericanos como bases militares y todo este proceso de militarización de la región, está ligado a un nuevo orden internacional, en los que los tratados de libre comercio y de saqueo de recursos son el motivo estratégico. Es en este contexto geopolítico donde resultan al menos comprensibles las decisiones que puedan conducir al manejo soberano del patrimonio energético de Venezuela y Bolivia.
Pero tal como se afirmara arriba, los asuntos de la deuda ecológica no pueden desligarse del conjunto de las consecuencias que para la sociedad, la cultura y la naturaleza trae el modelo colonialista de relaciones sociales que instauro la modernidad. Un amigo de origen español me decía que él no se sentía responsable de lo que hicieron los antepasados españoles con sus colonias de ultramar. Creo que sin duda el no es responsable pero el legado de acumulación primaria que dejo el colonialismo juega un papel crucial en su sociedad que él no puede desconocer. Desconocer las profundas repercusiones del pasado en el presente y de los procesos de colonización actual en el mundo de la periferia es una manera de evitar la transformación y el resarcimiento de esas iniquidades. De ahí que nuestra obligación, es abrir la comprensión de la realidad desde una perspectiva crítica, difundiendo categorías como las de Deuda Ecológica, Intercambio Ecológico Desigual y Racismo Ambiental, para mencionar algunas. La situación se ilustrar en casos como el que acontecía a finales de 2006 cuando un barco lleno de desechos tóxicos, de Amianto, específicamente, estuvo esperando varios días en Rótterdam sin permiso de descargar. Finalmente, fueron a descargarlo en el Congo. En 1854 supuestamente se abolió la esclavitud, sin embargo hoy en día se arrojan desperdicios en África sin problemas. La deuda de la esclavitud se mantiene como el racismo.
Casos de Racismo Ambiental podríamos encontrarlos en el trabajo que desplegaban los rescatistas del once de septiembre en Nueva York, la mayoría inmigrantes ilegales, que luego de la remoción de escombros se enfermaron del páncreas y otras patologías respiratorias, sin que ninguna autoridad se preocupara por ellos. Estos inmigrantes ilegales son los mismos que se espera detener en la frontera México-estadounidense con un muro infame. El Racismo Ambiental es un problema vigente. Hay una deuda que ha traído el racismo en América Latina y es una deuda consuetudinaria; existe, y está ahí sobre las pieles de los latinoamericanos, por eso es necesario que emprendamos esta lucha para combatirla también.